Paraíso: Amor, Fe, Esperanza


 “Si un hombre conquistara, en una batalla, mil veces a mil hombres, y otro conquistara a uno solo, a sí mismo, éste sería realmente el mayor de los conquistadores”. El Dhammapada 

CaratulaEl cineasta austriaco Ulrich Seidl forma parte de esa raza de creadores que,   como su compatriota Michael Haneke, torpedea a las mentes bien pensantes, conservadoras en su pasividad ante su propia violencia, con una ración doble de costumbres y creencias habituales pero destructoras. Son autores comprometidos que pueden provocar rechazo al cambiar, sin compasión, la entrada del cine por una horas del realismo más descarnado, del espejo que devuelve el monstruo interior cotidiano. ¿Hay otra forma de conocerse?.

La trilogía “Paraíso: amor” (2011), “Paraíso: fe” (2012) y “Paraíso: esperanza” (2013) de Ulrich Seidl, estrenada en nuestro país en tres semanas consecutivas, ha sido acusada de violenta, escabrosa, repulsiva, antiestética (?), catastrofista, y todo tipo de adjetivos que denotan su éxito: en su desnudez y verdad, ha provocado todas las defensas primarias de una crítica y un público susceptible de reconocerse en su lado oscuro.

¿Qué escandaliza de estos “reversos de paraísos” en una sociedad acostumbrada a la visión cotidiana de todos los excesos morbosos en “realities” televisivos que son pornografía de la intimidad, de  los conflictos mundiales en directo y de los desnudos en marquesinas de autobús?. Su cercanía, su acierto es haber detectado los tabúes sociales de una Europa en clara decadencia moral que no soporta mirarse en su fracaso tras definirse con arrogancia como modelo cultural ejemplar y global.

Paraíso: Amor

Paraíso: Amor

Seidl nos invita a acompañar a tres mujeres perdidas de diferentes generaciones (madre, hermana e hija)  que huyen de sí mismas durante unas vacaciones de verano. En  el “Paraíso del Amor” la mayor, Teresa, se desplaza nada menos que a las playas blancas de Kenia para “sentirse” mejor,  comprando los abrazos y el falso deseo de jóvenes negros, con servilismo sexual y racial, clasismo y sometimiento del débil sin conciencia de abuso.

El “Paraíso de la Fe” es territorio de su hermana Anna Maria, su alejamiento es mayor, fuera de este mundo, sometida a una visión de la religión totalitaria, lejos, muy lejos de sí misma, confundida con Dios y su poder omnipotente. Una salvadora integrista a la que vemos intentar evangelizar a domicilio en nombre de una superioridad moral que esconde los mayores tormentos. No hay convivencia democrática sin un laicismo que respete todas las creencias, y la fe absoluta lo niega.

Paraíso: Fe

Paraíso: Fe

Finalmente, “El Paraíso de la Esperanza” es un demoledora consecuencia de los hábitos reactivos y enfermizos que preceden. Mientras Teresa y Anna Maria se intentan redimir inútilmente con dinero y buenas obras que victimizan,  Melanie, una adolescente algo gruesa de trece años, es aparcada en una clínica de adelgazamiento para menores acomplejados que sueñan con modelos de cuerpos imposibles. El círculo se cierra con unos educadores incapaces de transmitir valores simplemente porque no los tienen, maltratadores del ser, que sobrevaloran la piel que es superficie. Profesionales que desde el más absoluto egocentrismo olvidan toda ética por economizar trabajo y compensar sus carencias, sin cuestionarse el alcance de sus acciones y ejemplos en quien está aprendiendo a vivir. No hay esperanza sin educación.

La mirada de Seidl es documental, hiperreal, sin protección para las susceptibilidades; un ejemplar cine social sin paternalismos ni condescendencias.  Sus personajes, en su mayoría no profesionales, irritan, sí,  en proporción a la identificación con sus miserias, que son las nuestras.

Es el sistema que hemos creado, una maquinaria social que no cuestionamos, por convertirnos en pequeñas piezas que empujan en su engranaje desconectadas con el todo. Ulrich Seidl nos recuerda la pesadilla imaginada por Aldous Huxley en “Un mundo feliz” ya en 1932: una población anestesiada en centros comerciales, con inyecciones de desmemoria y confusión vía  publicidad en mil pantallas que ya dirigen nuestra vida. 

Paraíso: Esperanza

Paraíso: Esperanza

Es el triunfo ideológico de un capitalismo radical que nos impone sus valores individualistas y conformistas, directos a la alienación, al vacío interior. Es la garantía de la búsqueda de la satisfacción y la estima fuera, siempre fuera, en el consumo, con el dinero (amor), fuera con la dependencia adictiva de la recompensa del otro o de Dios (fe), fuera con la irracional obsesión por la juventud y la belleza que intenta engañar a la muerte (esperanza).

Los “antiparaísos” molestan porque cuestionan nuestros paraísos imaginados, los caminos a la “felicidad” trillados que hemos aprendido a obedecer. Es la deliberada confusión del bienestar con el placer, la creencia sellada con fuego de que todo tiene un precio y se vende, también las relaciones, la negación de uno mismo, de la propia dignidad y autoestima, de la mirada interior necesaria para el propio conocimiento y la madurez.

No hay voluntad masoquista de provocar hastío ni violencia gratuita, sí una oportunidad de valorar críticamente en qué mundo vivimos y qué hacemos cada uno de nosotros para perpetuarlo, reflexionando tras el impacto visual, reconociendo con humildad cuánto hay de uno en ese infierno. ¿Se atreven?.



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