Cuentos de Tokio


Caratula Cuentos de TokioExiste un cine oriental que la mirada acostumbrada al espectáculo, la velocidad y la evidencia descarta. Un cine contemplativo, poético y reflexivo (provoca preguntas) confundido con aburrimiento, vacío y sinsentido argumental. Otro lenguaje culturalmente lejano de nuestras compulsiones que devoran. Es una actitud consumista aprendida; prueben a dejar de ver para “mirar” con atención una obra pictórica de Pieter Brueghel El Viejo o a leer sin querer avanzar a Antón Chejov, saboreando sus palabras hasta sentirlas. Sí, se produce un trascender.

Pero estamos en el cine y no hay mejor ejemplo de la virtud morosa filmada que el cineasta japonés Yasujiro Ozu (Tokio, 1903-1963) demostrando que la forma tranquila y el fondo espiritual casan, que el camino fácil y lo artificioso está reñido con el cambio interior que el arte puede provocar. De una excelente filmografía que acumula unánime reconocimiento destaca “Cuentos de Tokio” (1953) sin duda su obra maestra, la síntesis de sus obsesiones de autor, elegida por el British Film Institute en 2012 como la mejor película de todos los tiempos según la votación de los directores internacionales más influyentes, y la tercera según los críticos.

foto 6En “Cuentos de Tokio” (“Tokio Monogatari”, en japonés “monogatari” tiene una doble acepción de “cuento” y “viaje”), acompañamos a Sukishi y Tomi, un entrañable matrimonio anciano, en su última aventura: dejar la placidez de Onomichi, su pequeño y lejano pueblo natal, para reencontrarse por última vez con sus hijos y nietos emigrantes en la gran urbe de Tokio. La felicidad deseada del reencuentro se va desmoronando con unos hijos demasiado ocupados, pendientes del tiempo que pierden en sus trabajos y costumbres, confundidos en su fealdad moral con la inhumana ciudad que les rodea. Como contrapunto, solo su nuera Noriko se resiste a la hipocresía y al compromiso forzado, abrazándoles con su calor y atención,  contrastando más la actitud de unos hijos sin valores e irreconocibles.

foto 4Salvando las excepcionales “Dejad paso al mañana” (1937) de Leo McCarey y “Vivir” (1952) de Akira Kurosawa, nadie ha plasmado tan profunda y emotivamente la soledad de la vejez, la familia en crisis en un sistema que potencia al individuo y fracciona a todos los grupos distanciando generaciones, y la muerte y la vida como un todo, nada menos.

Y lo hace sin alardes técnicos ni elaborados movimientos de cámara, con la demora que exige la reflexión existencial. Con un encadenamiento de planos fijos magistrales, pequeños cuadros de composición estudiada para que sobren las palabras, cada uno de ellos obras mayores que deberían exponerse en museos. Un montaje artesano, donde nada sobra, que  nos hace fluir, emocionar y aprender. Sus evocadores fondos, “fuera de campo”, crean una atmósfera de decadente belleza y drama, de sabiduría no regalada sino mostrada para descubrir, como un poema compuesto de mil metáforas de verdad.

to02Si “Tiempos Modernos”(1936) de Charles Chaplin alertaba del trastorno que provocaba las condiciones de trabajo del primer capitalismo de la máquina en serie, Yasujiro Ozu lo desarrolla denunciando la enfermedad social de la modernidad de la postguerra, el triunfo de Occidente, también en Oriente, de la vida mecánica en todas las esferas: laboral, familiar y social. De plena vigencia en el cambio de siglo, la “Postmodernidad del Capital” nos ha separado del natural origen, de los modelos ejemplarizantes de quien ha vivido mucho más, del reconocimiento y respeto por la memoria viva, dejando que muera. 

La Gran Alienación es la que ya ningunea a la primera cultura paterna, la que olvida la educación en valores, incapaz de compensarlo con el gran bombardeo ideológico en el que estamos inmersos, provocador del individualismo más atroz. Siempre excusados con obligaciones, cada vez más confundidos e identificados con la máquina más productiva, la que no siente ni se cuestiona.

foto 3Ingmar Bergman consideraba el cine una música provocadora de ensueño, el arte que va más allá de la conciencia ordinaria; de todos, el que va más directamente a nuestras emociones, al penumbroso recinto del alma. Rescatemos como una medicina que cura la mediocridad y la indiferencia en el Gran Cine de Yasujiro Ozu, empapado de filosofía oriental, de valores espirituales y del humanismo que da sentido a la vida. Aunque no sea un estreno novedoso, no hay nada más contracultural, provocador y antisistema que mirar al pasado en esta época de cómodo “presentismo”: nos obliga a pensarnos, sin prisas, respirando lentamente la belleza transformadora, aunque duela.

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