Mundo Pequeño


 “La alegría es el resultado de vivir intensamente”. La patología de la normalidad, Erick Fromm

Carátula MON PETITEl cine no suele mostrar la discapacidad con normalidad, los estereotipos son reforzados para denunciar, en el peor de los casos para despertar compasión y emociones gratuitas al servicio del espectáculo.

También hay excelentes referencias que, al menos, no simplifican ni idealizan,    como la polémica “Los idiotas” (1988) de Lars Von Trier. De visita obligada es el clásico “La parada de los monstruos” (1932) de Tod Browning, una lectura estimulante que hace de la imperfección norma, hasta bajar del escalón superior a quien tiene todos sus miembros y sentidos al mismo circo humano que somos todos. 

Marcel Barrena en “Món Petit” (Mundo Pequeño, 2012) le da la vuelta a la negatividad que nos uniformiza como tullidos, con un sorprendente documental que consigue lo imposible: olvidar las etiquetas que nos limitan y empequeñecen, haciendo de la discapacidad (maldita palabra) una inútil manera de simplificar a la persona, olvidando su potencial. 

mon petit 1El culpable de todo es el joven Albert Casals, veinte años de naturaleza privilegiada aferrada a la vida, a explotar lo mejor de ella; superviviente de una infancia cortada por la mala suerte pero aprovechada para crecer; de irresistible personalidad,  capaz de convencer al pesimista, de hacer andar al cojo con su ejemplo; verdadera arma de destrucción masiva de todos los prejuicios.  

Inspirado en los libros “El mundo sobre ruedas” (2009) y “Sin fronteras” (2011) , escritos por el propio Albert asistimos, después de haber viajado desde los quince años por todo el mundo, solo y sin dinero, a la gran aventura de su vida: alcanzar con su amor el rincón más lejano de su ciudad, allí donde nace el sol en el Este, un faro sobre el mar en Nueva Zelanda. 

mon petit xinaLa película es un emocionante viaje hacia Oriente, rodado en gran parte por la pareja, sin equipos de filmación que limitarían su forma de vida libre;  la cámara inquieta de Albert y Anna se abraza, en una cuidada y amena producción, muy dinámica, con el encanto de abundantes imágenes de su primera infancia, y con el testimonio de familiares y amigos. 

El resultado es un logrado puzle colorista y esclarecedor de su pasado y su presente, una visión compleja y coral de la corta e intensa historia de un joven acostumbrado a salvar obstáculos. Se agradece la transparencia de todos, que no se evite el dolor y las contradicciones, que se aborde incluso el espinoso tema de la moral ante el uso instrumental de su condición. 

mon petit 2Pero el viaje es, sobre todo, una metáfora de la filosofía que le hace ser feliz, una reflexión nada frívola sobre lo importante y lo superfluo. Albert siempre sonríe y le crecen los amigos; ofrece su música y su magia y recibe techo y comida; disfruta en cada momento porque escoge su camino. No hay discapacidad sino fortaleza psíquica y sabiduría. Y nos da un buen golpe en la conciencia a todos, atados de pies y manos por nuestros miedos, aferrados en la seguridad de la rutina, aunque duela. 

Vivir como capacidad de adaptación a lo nuevo, esperando siempre lo mejor, ofreciendo sin esperar, con la libertad de los pájaros.

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